El debut de Pierpaolo Piccioli en la línea de haute couture de Balenciaga no supondría un problema para él, ya que desde hace mucho tiempo ha demostrado ser un apasionado por la austeridad y el volumen, dos pilares de la metodología del fundador de la maison.
El desfile, celebrado en el jardín de la Cité Internationale Universitaire de Paris, fue un estudio meticuloso del pasado: una reinvención sutil de los volúmenes arquitectónicos y las explosiones de color que definieron durante décadas el lenguaje de Cristóbal Balenciaga. “No quería replicar ninguna forma de Cristóbal… él nunca se estancó en una sola silueta, siempre estaba en constante movimiento e innovando”, dijo Piccioli entre bastidores.




La propuesta del diseñador italiano inaugura una nueva etapa para Balenciaga. En cierto modo, es una apuesta ambiciosa por devolverle la gloria que alguna vez sedujo a princesas europeas y damas del Upper East Side, pero desde una mirada contemporánea. Más que inspirarse en una referencia concreta, Piccioli se dedicó a comprender el legado de la maison y de sus talleres para dar forma a faldas densamente esculpidas en tul. “Siempre hay que mantener el cuerpo presente, incluso en la silueta. De lo contrario, se vuelve abstracto, alejado de lo humano y del movimiento de la persona”. El diseñador cambió de estrategia y comenzó a “borrar toda la estructura; no kilómetros de tela, sino ingeniería del corte”.
Aunque la monumentalidad pomposa de un vestido capullo negro con silueta de reloj de arena, combinado con guantes de ópera de piel, resultaba sorprendentemente ligera, lo mismo ocurría con un vestido asimétrico cubierto de plumas de avestruz en tono rosa empolvado o con los frondosos pantalones extragrandes rematados con camisas blancas impecables que se deslizaban sin esfuerzo sobre un hombro.




Resultaba majestuosa esa combinación entre dramatismo y sensualidad, que daba lugar también a una elegancia depurada, casi etérea y mucho más consciente de la realidad. He ahí la idea de combinar tank tops con faldas abullonadas, chaquetas bomber de gazar de seda sobre vestidos sheath, además de lo fastuosos que eran los vestidos de hombros marcados, en especial uno amarillo limón cubierto de lentejuelas y otro de escote bardot con plumas azules teñidas en acuarela. Incluso las gabardinas técnicas, con cuellos exagerados, se abotonaban apenas lo suficiente para dejar entrever el bajo de un vestido de noche.
Eso sí, las referencias a Cristóbal Balenciaga estaban presentes en los extravagantes abrigos con capucha unidos a faldas abullonadas y en los vestidos strapless de silueta trapecio con pliegues ondulantes, dando finalmente sentido a su contratación al revivir con entusiasmo y romanticismo la alta costura mediante diseños que evidencian su dominio de las técnicas de confección y la sastrería. Además, el respeto y la sensibilidad con los que concibe piezas como un espectacular vestido de novia de espalda escotada hacen que esta colección resulte profundamente conmovedora. “Hay que soñar con la alta costura. Quiero hacer realidad el sueño de esta casa”. Y lo consiguió a la primera.





