Ciertamente, la alta costura sigue siendo demasiado elitista. Para nosotros es un cuento de hadas que difícilmente viviremos, pero Matthieu Blazy quiere que su significado en Chanel empodere genuinamente a las mujeres.
Desde su llegada, un toque de fantasía y diversión casi infantil ha revitalizado a la maison. Ha liberado el predominio de los corsés, ofreciendo una visión que suaviza la ostentación exagerada que permea la industria con ideas frescas que asombran hasta al más renuente.
Quizá la moda pueda ser falsa y estar reservada únicamente para las celebridades, pero esta colección, en particular, es una declaración concisa sobre cómo la ternura y la magia pueden ser radicales con prendas divinamente hermosas y sobre todo, funcionales. Blazy sorprende por la manera en que ha eliminado las fanfarronerías a las que nos tenía acostumbrados la alta costura. Entre gigantes flores y hongos, la inspiración también provino de un libro de cuentos que encontró en la biblioteca personal de Gabrielle Chanel: Les Fées de Charles Perrault.




A partir de esa premisa, su imaginación se dirigió hacia un universo adorable y encantador que dialogaba con distintas fábulas infantiles. Jack y las habichuelas mágicas se reflejaba salvajemente en un traje de falda confeccionado en muselina de seda, cuyos bordados daban forma a enredaderas llenas de hojas y flores, así como en un sensual vestido bias cut en tono lila, donde uno de los hombros sostenía un huevo de oro.
La narrativa no se limitaba a las moralejas, sino a la personificación artística que Blazy les concedió. Elphaba y el espantapájaros de El Mago de Oz aparecían en otro traje negro cubierto de tweed rasgado sobre una capa verde, así como en una chaqueta y un abrigo de rafia deshilachada. Un vestido morado one shoulder con incrustaciones y otro de satén en tono verde menta con un dramatico cuello de plumas que recordaba a La Sirenita, mientras que un traje de marfil con delicadas aplicaciones de tul negro recordaba al patito feo.
Incluso Ricitos de Oro fue evocada en un conjunto de dos piezas de tweed de efecto metalizado en tonos dorado y beige, enriquecido con hilos de lúrex y pequeñas lentejuelas.




Claro, las interpretaciones son subjetivas, pero resulta fascinante la manera en que Blazy consigue que la realidad se sienta menos pesimista, aunque en el fondo nunca deje de reflexionar sobre ella. Sobre todo, por su deseo de romper con las expectativas y las tradiciones. El desfile no terminó con el habitual vestido de novia —que en esta ocasión era un diseño de encaje de talle bajo y corpiño transparente de corte recto—, sino con un vestido negro: la quintaesencia de la elegancia que la propia Gabrielle Chanel nos heredó.
Seguramente, internet y sus clientes quedarán obsesionados con las diminutas minaudières con forma de pollos y osos durmientes, así como con los zapatos cuyos tacones imitaban mariposas o huevos dorados. Pero también serán un recordatorio de que la singularidad de Chanel para diseñar piezas ligeras, femeninas y con un toque poético sigue siendo difícil de igualar.





