Diseñar la colección haute couture de otoño de Schiaparelli llevó a Daniel Roseberry al abismo. Literalmente, el diseñador estadounidense confesó que confeccionar sus insólitos vestidos esculturales de látex fue una tarea ardua.
Decidido a seguir la fórmula de su anterior colección (algo que muchos diseñadores suelen hacer) —emprender un viaje, visitar un monumento arquitectónico y extraer inspiración de él—, no logró despertar la chispa creativa que buscaba. En cambio, Roseberry se rindió a lo que describió como “la llamada del vacío”, depositando su confianza en el instinto y en la magia de la creación.
“Entré en un ciclo de negación de posibilidades y miseria donde nada nuevo tenía cabida”, relató Daniel en las notas del desfile. Su bloqueo creativo —un fenómeno que suele ocurrir entre los grandes visionarios que, tras potenciar su imaginación, quedan perplejos en un limbo existencial donde nada parece suficiente— despertó un enfoque que busca que sus prendas hablen por sí solas. Nada de fanfarronería conceptual; más bien, disfrutar el proceso. “Las creaciones más perdurables no surgen de la certeza, sino de la contradicción, la intuición, el azar y la valentía de confiar en lo que aún no se comprende”, añadió.




Sin embargo, creo que su estancamiento se debe a que algunos de sus distintivos estéticos comienzan a volverse repetitivos. Puede que su extravagancia surrealista sea prodigiosa y que convierta lo ordinario en extraordinario, pero es notorio que su fascinación por el cuerpo humano lo obliga a aventurarse a redefinir su propio lenguaje. “La única solución fue rendirnos y hacer cosas que nunca habíamos hecho antes; cosas que el taller nunca había hecho antes”.
Debo reconocer también que Roseberry no se intimida con nada. Cada temporada encuentra una nueva forma de pensar. Basta con admirar cómo retuerce los tentáculos —o quizá los bigotes de Salvador Dalí— de un pulpo sobre un vestido salpicado de pinceladas ondulantes, o cómo distorsiona el fetichismo del látex en una chaqueta negra con incrustaciones de pinchos inflables moldeados a mano.
Pese a que la base de la colección fueron vestidos bustier de silicona con efecto de porcelana esmaltada, rematados con faldas ricamente bordadas con incrustaciones de perlas, conchas marinas, escamas de pescado e incluso flores naturales —conservadas en agua azucarada y posteriormente bordadas—, resultaba asombroso lo transgresor que fue utilizar materiales sintéticos en lugar de tradicionales, como la seda.




La fascinación de Roseberry por lo atípico ha jugado a su favor con mutaciones estrafalarias, como un vestido de tul cubierto de lunares de silicona vertida a mano y otro, llamado Walking Coral, recubierto de plumas rosas que evocan “nubes en la espalda” y desafía incluso el imaginario concebido por la inteligencia artificial.
Su obra que también es una crítica ingeniosa a la dependencia por IA en una era marcada por la falsedad digital, Daniel —siendo un purista— se muestra ambivalente ante la posibilidad de que la mano sea sustituida por un ordenador. Sin embargo, al incorporar luces LED que se filtran por pequeñas grietas entre los bustos, consigue que la frialdad tecnológica se vuelva emocional. “Todos somos seres de luz teniendo una experiencia humana”.




