Dior y Jonathan Anderson son nombres que rápidamente asociamos con Taylor Swift, ya que fueron ellos quienes confeccionaron el vestido de novia que la cantante lució en su boda en el Madison Square Garden.
“Fue un placer trabajar con ella. Nos hicimos muy buenos amigos”, dijo Anderson a la prensa. “Organizar la boda de alguien es algo muy emotivo”.
Pese a que no sabemos cómo es realmente la pieza nupcial —la más esperada de la década—, ciertamente tenemos una que otra pista sobre la fuente de inspiración detrás de ella. De acuerdo con imágenes filtradas proporcionadas a The Guardian, nos enteramos de que el recinto creado para la ocasión evocaba un jardín secreto lleno de helechos. Y qué curioso que los pasillos espejados del Museo Rodin también estuvieran desbordados de hojas de palmera y cantos de pájaros.




Aunque, bueno, Jonathan no se inspiró en una pista de carácter swiftie, sino en Lynda Benglis, la artista norteamericana reconocida por sus esculturas de látex vertido con formas orgánicas. Este cuento de hadas se convirtió en un oasis tropical repleto de tallos, pétalos y hasta armadillos. Anderson, que ya ha demostrado un enfoque reflexivo hacia el legado de la casa, fusionando sus icónicos códigos con una perspectiva romántica, se ha entregado a transformar obras de arte en prendas experimentales.
“Lo que me encanta de Lynda y su obra es que tiene algo de alegría espontánea. Y, al mismo tiempo, es vigorosa”, remarcó Jonathan, quien mantiene una relación estrecha con la artista desde 2023, cuando estaba en Loewe. “Creo que es una de las artistas vivas más importantes. La encuentro profundamente inspiradora y alguien que desafía mi perspectiva sobre cómo veo la forma en mi propio trabajo”.
Entre los numerosos moños que sostenían varios looks, una explosión de pliegues y drapeados suntuosos brotaba desde un vestido asimétrico de lamé plateado que hacía referencia a la escultura metálica Goliath; jazmines aplastados se impregnaban en un conjunto de dos piezas —una chaqueta tipo polo sobre una falda pencil midi— en el que sobresalían un cuello y puños de seda blancos; hasta el reinventado abrigo Arizona, con su singular caída trapecio de los años 50, que conectaba con la silueta distintiva de Monsieur Dior: una rosa.
El lenguaje escultórico de Benglis se mezclaba divinamente con la naturaleza viviente de Anderson de una forma onírica y artesanalmente magistral: un conjunto verde salvia especialmente fluido gracias a sus pliegues maleables que recordaban a hojas de loto; grandes abanicos transparentes cubiertos de borlas —un guiño dramático a la obra Zanzidae: Peacock— sujetos a la parte delantera y trasera de vestidos etéreos con flores de gerbera bordadas y deliberadamente arrugadas; túnicas adornadas con lo que parecían lianas de pantano —cuentas verdes con flores pomposas—; hasta la chaqueta Bar, reinventada como grandes batas de tweed llenas de flecos que eliminaban la rigidez de su molde original.




Tantos elementos de grandiosidad e historicismo abruman un poco; sin embargo, es reconocible el esfuerzo de Anderson por darles coherencia a sus fantásticos universos individuales dentro de una sola narrativa que honre la feminidad. Estoy seguro de que su primer año en Dior ha sido arduo, pero su disciplinada sensualidad y su dominio técnico aseguran una relevancia a largo plazo. Sé que la alta costura es para millonarios, pero su visión siembra el fervor de miles.
Y cuando observas sus vestidos con texturas de medianoche y distorsiones de acuarela, más el de novia con un escote Bardot envuelto en delicados apliques de encaje, entiendes la decisión de Swift de usar Dior en el día más importante de su vida.




