Valentino Resort 2026: El insomnio se viste de satén

El arte de dormir jamás había sido tan glamuroso y solemne como con la eclipsante teatralidad de Alessandro Michele, que erradica cualquier señal o rastro que pudiera ser percibido como desaliñada. Tal vez la espectacularidad de sus recintos y narrativas fantasiosas opaque la triste realidad, pero sus creaciones, al ser envueltas en ornamentaciones estridentes, genera un choque visual tan seductor cómo irresistible. 

Puede que detestes su estética recargada o su barroquismo kitsch, aunque es innegable la monumentalidad de su imaginación al convertirse en un universo propio: lindamente complejo y delicadamente transgresor. Su dote roza la genialidad obsesiva. No te puedes resistir a su sinfonía cargada de exuberancias. Es tan ilimitado su dialecto, que no te aburres de su juego de contrastes. 

Quedas boquiabierto al ver cómo supera la frase de “calidad sobre  cantidad” con una prolífica y amplia gama de looks – 132 en total – que rebasa totalmente nuestras expectativas. La diversidad de estilos y ocasiones se refleja en un desbordamiento de brillo y saturación. 

Me impresiona bastante la actitud despreocupada que Alessandro comparte en Valentino: es bastante clara, pero confusa. En esta colección, las modelos aparecían despatarradas y relajadas, agotadas de ser “perfectas”. Uno intuye una corriente apacible e inocua en la forma de estilizar su personalidad.

Mientras unas se recostaban en vestidos sensuales, fruncidos con un drapeado fluidos, pliegues atrevidos y afilados recortes, arropadas con un salvaje layering floral que adornaba sus petite trajes falda hippie, otras, descaradamente, reposaban con los zapatos aún puestos. La novedad radica en el uso de estampados de antaño que revisten una liberación de la silueta hacia un lado más gráfico y vaporoso.

La lentejuela y las plumas evocaban una confección vintage que abordaba chalecos, microshorts y suntuosos vestidos de noche, sacados de alguna fiesta organizada por Jay Gatsby o alguna disco parisina de los años 70. Una fabulosidad espectacular que aviva tales períodos de oro y diversión, sutilmente tersa, como sus faldas asimétricas de satén o sus eróticas medias de encaje.

Inimaginablemente, la sastrería fue compartida en ambas líneas, pese a la decadencia callejera, todo luce gentil y afable. Los chicos profundamente hipnotizados por el tiempo, se arropaban en la calurosa finura de sus afilados blazers double-breasted  y ondulantes pantalones flare “David Bowie”. La decorativa se redujo y formalizó por discretos ribetes de antorcha, estampados geométricos, bordados de carácter surrealista, ricamente confeccionados en abrigos y batas-kimono teñidos en una exquisita acidez.  

Posiblemente, todos sigan luciendo fabulosos, después de una buena siesta reparadora.

Resto de looks:

Alberto Jimenez

Alberto Jimenez

Es un corresponsal enfocado a demostrar un apasionante gusto por la moda, entretenimiento y belleza. La semana de la moda, es un favorito aperitivo de degustar