Los primeros adelantos del debut de Jack McCollough y Lázaro Hernández en Loewe fueron, literalmente, burbujeantes: varios embajadores descorchaban botellas de champaña, insinuando que la narrativa de la colección sería lujuriosa y festiva.
Empapados de una obscenidad veraniega, el dúo estadounidense se las ingenió para que el nuevo Loewe fuera más sensual y vivido, fascinándonos con su atención al color y la forma. En enero anunciaron su retirada de Proenza Schouler, la marca que fundaron hace 23 años como estudiantes de Parsons. Su llegada a París les concedió la oportunidad de expandir su visión a nuevos horizontes y, con ello, una clara ambición.
Sustituir al enigmático Jonathan Anderson––quien se mudó a Christian Dior––era un reto descomunal. Pero el entusiasmo que mostraron se bullía desde el momento que pisaron la ciudad de la luz. El optimismo fue clave en plasmar sus ideas sin restricciones, rebosando con una compromiso y sensibilidad fiel a sus raíces neoyorquinas.




Una de las grandes preocupaciones era cómo continuarán el legado de sus predecesores sin diluir la esencia de Loewe. Su respuesta fue clara: la identidad española de la casa tenía que prevalecer con una enfatización hacia la artesanía y la piel.
Y vaya que lo lograron.
Desde la aparición de una chaqueta negra hourglass sobre un bodysuit amarillo Piolín con dobladillo rojos, entendimos el candor de la peninsula iberica nos rostizaria con su bravura. La tenacidad de sus esculturales mini vestidos de cuero (aparentemente pintadas con aerosol) adornados con pliegues semi-rectos y estampados florales, junto al drapeado de sus vestidos etéreos con bufandas superpuestas, eran un soplo de esperanza y ferocidad.




La paleta era vibrante, alegre y directamente ligada al verano. Alejándose de la idea de envolvernos con una layering otoñal confuso e ilógico, el estilismo resultaba irresistible: vaqueros de cuero desmenuzado lucían refrescantes al combinarlos con un top que era un sweater amarrado estilo preppy o camisas de “Play-Doh” arrugadas que tenían un alambre encrucijado; polos maxi con rayas multicolores y gabardinas fosforescentes con lentejuelas.
La irreverencia continuaba con los vestidos de “toalla” hechos en 3D con terciopelo, cortavientos de un inesperado “gore-tex de seda” y botines transparentes que parecían escarpines. Todo elevaba la visión surrealista de Loewe hacia una dimensión más relajada, juguetona y con un aura con sangre caliente (y no de la mala) que hacía del verano algo menos insoportable … y mucho más entrañable.





