“El vestido pene”, es así como bautizaron la creación de Vivienne Westwood que portó Charli XCX en la premiere de Wuthering Heights. Tal vez este gesto abiertamente pornográfico evoque la lujuria del filme, pero tal acentuación estilística, es un claro guiño a la silueta romántica de Marie Antoinette … y gusto repentino por las caderas.
Recientemente, muchas girlies han apostado por vestidos con pannier. Esta estructura de caña, metal o bambú––que se llevaba a la cintura, debajo de la falda––creando un ensanchamiento ilusorio se ha convertido en una obsesión que exagera las caderas femeninas en proporciones casi descabelladas.
Ciertamente, la silueta ha dejado su estado natural. Mientras la diversidad corporal ha sido opacada por la toxicidad positiva del Ozempic, los corsés y alforjas han reescrito los límites corporales. Hubo un tiempo en que modificar el cuerpo implicaba dolor o esfuerzo; hoy basta con vestidos esculturales con silueta de reloj de arena para lograrlo.
El “cuerpo perfecto” ahora es delgado, pero con curvas abullonadas. Esta idealización se evidencia, sobre todo, en la red carpet: Ariana Grande en los Golden Globes con un vestido negro de pompones de Vivienne Westwood; Chase Infiniti con un top de Louis Vuitton con espejos que caían sobre las caderas; Teyana Taylor en el estreno de The Rip con un vestido de Ashi Studio adornado con apéndices en forma de corazón; Julia Fox en la gala de amfAR en Londres con un Marc Jacobs inflado, de mangas gigantes y caderas pronunciadas; y Alba Rohrwacher en el Festival de Cine de Venecia con un Dior rematado por un enorme polisón posterior.




Según Lyst, las búsquedas de ropa “esculpida” aumentaron un 52 % en 2025 respecto al año anterior.
Ciertamente, este fenómeno también se ha romantizado con el auge de series históricas que deslumbran por su opulencia rococó, que irónicamente genera una fascinación por sus excesos en tonos pasteles. La belleza delirante de esta silueta radica en su efecto inmediato: se apropian del espacio. En tiempos caóticos, la silueta pannier nos conecta con princesas y madames, como una forma de huir de la realidad … con glamour.
Está claro que hoy ninguna mujer desea cargar el equivalente a una cesta de mimbre bajo la falda, pero su atractivo conecta con un espíritu —impulsado por una ola conservadora— que busca recuperar la silueta femenina clásica. Este retorno coincide con el auge del maximalismo teatral francés e inglés, una vorágine de tendencias que seducen por su romanticismo. Las girlies exigen versiones modernas, pero auténticamente históricas … y que realzan su figura con poder.
Las crinolinas exageran todo: volumen, movimiento, presencia. No intentan recrear fielmente su origen, sino rescatar su fórmula reconocible para elevar el diseño más allá de lo cotidiano, dotándolo de un punto de vista contundente.
No debe desacreditarse su encanto, pero esta idea contrasta en tiempos donde la utilidad pese más que la grandeza. Estos vestidos prometen grandeza y magnificencia como un manifiesto visual que olvida la realidad. Tal vez sea otro síntoma de la recesión que vivimos. ¿Quienes, en verdad, se pondrían tales creaciones pomposas que reflejan la brecha social que existía en su apogeo? Al fin y al cabo, este escapismo seguirá reservado a las premieres y quizás, reuniones entre dignatarios mundiales … hasta que alguien decida sacar una versión más democrática … y fácil de llevar.





