Jonathan Anderson en Dior ha logrado completar , de forma victoriosa, la trinidad de la moda: womenswear, menswear y ahora, haute couture. Tras lucirse días atrás con pelucas rockeras fosforescentes y abrigos cocoon exorbitantes inspirados en Poiret, ha llegado el momento de redefinir la moda con uno de los debuts más ansiados de la temporada. No busca impactar con excesos, sino proyectar la fragilidad y delicadeza de la naturaleza con un ángulo diferente.
“La alta costura pertenece a esta misma lógica: un laboratorio de ideas donde la experimentación es inseparable de la artesanía, y las técnicas consagradas se activan como conocimiento vivo”, remarcaba Anderson en las notas de prensa. Inspirado en el ramo de ciclamen que John Galliano le obsequió––mismo que volvió de la sombras para contemplar este artificio––, la colección se transformó en un gabinete de maravillas poéticas que conviven sinuosamente a través de una nueva gramática fashionista que busca dar continuidad al legado de la maison.




Al entrar en la sala, los invitados fueron recibidos por un techo de ciclamen suspendido y paredes de espejo, remarcando la histórica obsesión de Christian Dior por la jardinería. Los primeros vestidos ovoides, fruncidos con remolinos plisados de tul, reforzaron una sensación de surrealismo e innovación histórica.
Los motivos florales no son simplemente decorativos: crecen bajo las inflorescencias de los vestidos, emergen de los tirantes y se insinúan en los pendientes.
Una de las grande peculiaridades fue cómo la informalidad tomó un lugar más sofisticado y abstracto––hasta relajado––creando looks como el drapeado elegante de faldas asimétricas con texturas escamosas, retamadas lindamente con pantalones rectos; vestidos de punto con una silueta monástica; tank tops etéreas de canalé con dramáticas faldas abullonadas. Sin olvidar, los vestidos bustier esculturales en forma de balón, que ofrecieron una perspectiva incómoda y radical sobre la alta costura.




Eso sí, las flores capturaron un espíritu romántico en constante movimiento, armonizando con vestidos largos one-shoulder drapeados al bies; otras versiones aparecían con frágiles pétalos sesgados en los bordes o con volúmenes tridimensionales, amplificando el gesto de un drapeado sensual. Los ligeros vestidos campana, con siluetas de tulipán y efectos trampantojo, adquirieron una dimensión casi arquitectónica: un hermoso guiño a los años 50.
Anderson desafía la noción clásica de la feminidad Dior con lírica y artesanía, inclinándose por fit ceñido y pulcro que ofrece una gracia visual sumamente intrigante. Cuestiona las ideas preconcebidas sobre la materialidad y el buen gusto con aquel vestido con un caparazón de escamas de armadillo o los mini que evocan la silueta de una flor invertida … tantea una singularidad cargada de emoción e ingenio.





