Los resplandecientes y suntuosos aposentos que dispone el Louvre, fueron el escenario elegido por Nicolas Ghesquière esta temporada: los apartamentos de verano de la reina Anne d’Autriche. Dentro de sus renovadas paredes de mármol y techos con frescos celestiales, la majestuosidad del complejo permitió que los rayos de sol iluminaran la opulencia retro del “lujo casero” de Louis Vuitton.



Mientras el escapismo se ha convertido en la inspiración recurrente de la semana, esta corriente filosófica se ha diluido hacia un enfoque romántico, pero con matices que enaltecen un drama controlado. El espectáculo de la maison vibraba con una sintonía íntima y desmesurada a la vez. La mera ubicación sirvió como punto de partida que Ghesquière denominó “art de vivre”: un viaje a la creatividad intrapersonal.
Y si, no vimos pants.
El guardarropa de ensueño ostentó el uso de volantes y metros de tela que arropaban la noción vaga del barroco. Este portal nos ofrecía la opulencia de camisoles vaporosos con ribetes, albornoces enjoyados, excéntricas blusas pussy bow que barrían el suelo, y pantalones esculturales de amplitud monumental.



Louis Vuitton se reafirmó como un collage fashionista de épocas y géneros: batas de felpa cubiertas con diamantes, que lucían encantadoras y dignas de ser portadas por una reina que necesita urgentemente camisas blancas con cuellos victorianos o en su caso, mini vestidos de seda abullonada con piel y flores alrededor del busto.
Los interiores se trasladaban a los estampados: paredes se replicaban en pantalones etéreos, tops con dobladillos en espiral, chaquetas con silueta de jarrón y camisones de infanta. Maravillosamente, un vestido con flecos de cuentas que evocaba una pintura impresionista complementa esta fantasía hogareña en un sueño terrenal, remasterizada por This Must Be the Place de Talking Heads.



Porque, a veces, la excentricidad no está nada mal incorporarla en la rutina.





