“Es demasiado fácil idealizar el pasado y temerle al presente”, confesó Daniel Roseberry al reflexionar sobre la idea de mirar atrás y encontrar algo significativo que aporte al futuro de Schiaparelli.
Abiertamente, ha expresado su desinterés por el archivo de la maison: necesitaba tiempo para forjar su visión antes de sumergirse en la historia de Elsa.



Roseberry quedó cautivo con los años 20s y 30s, época en la donde floreció una rivalidad que cambiaría el transcurso de la industria: mientras Gabrielle Chanel liberaba a las mujeres del corsé y fundó las bases de la iconografía moderna –códigos que asociamos al admirar el lenguaje, detalles y motivos que identifican una marca– Schiaparelli aportaba una dimensión conceptual a sus diseños, cuestionando su esencia y propósito material.
Trasladándonos al siglo XXI, Daniel ha difuminado una línea temporal que priva cualquier noción de la modernidad, enfocándose obsesivamente por el ayer.




“Back to future” fue como nombró a su retrospectiva. Aquí vislumbra el dramatismo que impone una silueta de reloj de arena frente a un canvas en blanco y negro. La inversión del tiempo cobró vida en una belleza palpitante —literalmente— un collar en forma de corazón humano, incrustado con piedras, latía sobre un vestido largo de satén rojo con efecto trampantojo.
Aunque el tono fúnebre dominó varias piezas – como un monumental vestido bias-cut de satén negro, intervenido con tul y aferrado a un collar punzante hecho de varias capas de estrellas metálicas; un traje boucle de lunares “Jackie Kennedy” y un bustier de terciopelo elástico, satén y piel de cordero negra – todo ello parecía una dedicatoria a ese período donde la vida y el arte estaban al borde del abismo, mejor conocido como la Segunda Guerra Mundial.



Estos delirios eran extremistas y sensacionales, al grado de alterar el orden con el simbolismo de la capa bordada con el emblemático motivo Apolo de Versalles, en perlas plateadas … e irónicamente llevada al revés.
Y aunque por momentos resultaba confuso relacionar los impresionantes trajes de matador con la rareza hipnótica de sus vestidos strapless impregnados con ojos hechos de lentejuelas plateadas, Roseberry logró conjurar una profunda apreciación por la sutileza y la técnica: dos pilares que bombean la firmeza que ha empoderado su visión con aquel glamour de los años 30, iluminado por un surrealismo escultural, que dichosamente podemos tocar … y vestir.









