Se acabaron los días en los que las girlies se paseaban con coronas de flores y sandalias por el desierto californiano. En los últimos años, se ha debatido que Coachella ha perdido su identidad. De repente, el estilo bohemio que definió a la generación Tumblr —incluso el código de vestimenta de los festivales— se esfumó por completo.
Antes veíamos a Kendall Jenner y Hailey Bieber usar looks meticulosamente indies —crop tops de macramé, volantes y shorts de mezclilla—, pero ahora optan por vestidos minimalistas e incluso chaquetas bomber para un lugar donde la temperatura alcanza los 35 grados.
Ciertamente, esa imagen ha madurado. Ya no se trata de mantener vivo ese espíritu, sino de priorizar la venta de contenido, más que disfrutar genuinamente un festival con precios de alrededor de mil dólares. Quizá sí son conscientes de la etiqueta, pero la reinterpretan de una forma más sutil y comercial.




Para la edición 2026, Lisa y Anya Taylor-Joy deslumbraron con una versión que mantiene el bohemio, pero de forma refinada, incorporando incluso toques de “quiet luxury”. Asimismo, la mayoría ha optado por inclinarse hacia lo básico: t-shirts blancas con vaqueros holgados o shorts deportivos. Muchas de las prendas resultan también utilitarias para un ambiente relajado que prioriza el desenfado estilístico como Emma Chamberlain y Katy Perry.
Hoy en día, el maximalismo que distinguió al festival se vuelve más chocante y espontáneo. Un año es callejero; al siguiente, hippie. Coachella abraza la individualidad. Se trata de alejarse del estereotipo y apostar por una forma de diferenciarse del resto.
El estilo bohemio es ahora una opción más, no una norma a seguir. Y la ropa ya no se usa solamente para un post de Instagram. ¿Radical, no?




