Minutos antes de que las luces se apagaran, Miranda Priestly y Nigel Kipling de Runway hicieron acto de presencia, maravillando a los editores más poderosos de la industria, quienes observaban detenidamente a la verdadera “dama de hierro de la moda”. Literalmente, ¡el diablo viste Dolce & Gabbana!
Los flashes desbordaban la pasarela intentando capturar este momento icónico que avivó el espíritu de la colección. Retomando la espontaneidad de los pijamas, Domenico Dolce y Stefano Gabbana optaron por continuar mercantilizando el sueño como lujo. Tras el desfile masculino presentado en junio, era innegable que las girlies también tuvieran la oportunidad de relajarse.



Por supuesto, el ritual del descanso debía verse glamuroso: pijamas a rayas destellaban con incrustaciones florales o racimos de cristales, que dejaban ver por debajo bras o bodysuits de encaje. En ocasiones, esta simplicidad se intercalaba con sacos, chaqueta bomber de cuero y otras con brocado metálico o batas que ajustaban y desajustaban la cadente sensualidad reveladora.



Estos esmóquines de noche, de un modo, reforzaban la idea de que el descanso puede ser sinónimo de glamour: hombros descubiertos y un juego de capas refinado que elevaba la silueta.
Por su parte, vestidos lenceros de corte al bies con estampados florales y pantalones de gasa negra lograron capturar un espíritu de exuberancia jovial, mientras que las pantimedias liberaron a nueva generación a disfrutar los sueños con encanto.








