No tiene ni una hora que entré a Instagram y mi feed ya estaba inundado con fotografías de paparazzi del behind-the-scenes de El Diablo Viste a la Moda 2. Es fabuloso ver nuevamente a la intrépida de Andy Sachs persiguiendo a la tenaz Miranda Priestly. Digo, ¿quién no está emocionado por la continuación de una historia que nos cautivo e inspiró para trabajar en la industria de la moda?
Pero, ciertamente, ya se está volviendo abrumador el incesante bombardeo de spoilers de estos largometrajes en producción. En la era de TikTok, es casi imposible que no se postee alguna fotografía de estrellas de cine y televisión mientras trabajan en algún barrio.
Es obvio que este tipo de contenido sea difundido por nosotros (ojalá mi editor no me odie por este artículo). La impertinencia de los valerosos paparazzi que interrumpen los límites del espacio-tiempo nos concede la oportunidad de utilizarlo a nuestro favor. Nos han regalado momentos icónicos que forjaron la cultura pop y que dichosamente recordamos con mucho afecto.
Sin embargo, como público, es un poco fastidioso ver tantas imágenes seguidas … al grado de quitarte las ganas de ir al cine a ver la secuela. El entusiasmo desaparece, al igual que nuestra imaginación pierde el aliento.
Tampoco hay que verlo como un dilema existencial: puede que esto sea una estrategia de promoción intencionada. Los estudios se han vuelto tacaños en ciertos aspectos y saben muy bien, que al generar expectativas en vía pública, el interés aumenta.
Entonces, ¿qué se puede hacer? Se podría argumentar que, si de verdad queremos un cambio, sería terminar la difusión de imágenes reveladoras en todos los medios existentes. Pero, irónicamente, esto es una sandez. Nadie se resiste a la exclusiva indecorosa de los paparazzi … aunque quizás los grandes estudios de cine podrían recuperar esa magia intelectual que solían obsequiarnos en los trailers y en las reviews.





