El sonido crujiente de un vestido blanco hecho de porcelana rota de 90 kilos fue música para los oídos. Glenn Martens desafió las convenciones de fabricación de Maison Margiela de una forma poderosamente bella. Una obra que subvirtió los límites de la perfección y que, cada vez más, resulta terrenal y kitsch. Buscando recontextualizar el ethos de la …















