La fascinación de Dior por Hollywood resplandece más allá de los vestidos que las celebridades suelen encargar para los Oscar —de hecho, varias de sus creaciones han formado parte de momentos históricos, como cuando Jennifer Lawrence recibió la estatuilla a Mejor Actriz en 2014—. La maison también anhela pertenecer a esa fantasía idílica que se fabrica en la ciudad de las estrellas.
Jonathan Anderson, quien ha caído rendido ante sus encantos, adelantó en sus previews —un video que hacía referencia a Grace Kelly en To Catch a Thief, un panfleto animado en 3D de Beverly Hills y unas llaves del icónico Chateau Marmont— lo que realmente veríamos en su primer desfile resort: glamour clásico mezclado con celebrity culture y arte contemporáneo.
Este paraíso terrenal avivó la imaginación del diseñador irlandés para reconstruir ese pasado glorioso bajo los imponentes arcos de hormigón de las nuevas galerías David Geffen del Los Angeles County Museum of Art. En este ejercicio creativo, el Dior de Anderson fue espiritualmente parisino… pero históricamente californiano.




“Es un momento para arriesgarse”, declaró a la prensa. “Es la primera vez que presento una colección crucero; vas a algún sitio y está bien ser un poco irónico. Puedes jugar con los clichés, con los matices. Puedes divertirte con ello”. Y era evidente que disfrutó mezclar refinamiento, desorden, fantasía y vida real.
La niebla se extendía por un callejón estrecho, donde autos clásicos iluminaban la pasarela con sus faros mientras un brillo tenue envolvía la noche. Anderson, quien siempre ha tratado sus desfiles como producciones cinematográficas, encontró inspiración en Stage Fright, de Alfred Hitchcock. Además, Marlene Dietrich impregnó la colección de una seducción inquietante y sofisticada.
La puesta en escena reveló grandiosos vestidos de gasa ondulante con pliegues de talle bajo, embellecidos con amapolas, así como halters cubiertos por decenas de pétalos. Un exceso deliberado se materializó en delicadas versiones pastel con cortes asimétricos de satén al bies que abrazaban la cadera.
Capas bordadas, gabardinas plisadas y abrigos de ganchillo con volantes generaban contrastes que, en ocasiones, ocultaban parcialmente la textura de los vestidos. Sin embargo, esas combinaciones funcionaban de manera desenfadada y magnética. Incluso, esa yuxtaposición relajó la sofisticación de la icónica chaqueta Bar, otorgándole una libertad inesperada con flecos deshilachados, vaqueros rotos y exuberantes boas florales.




Una de las grandes sorpresas fue la presencia de looks masculinos —camisas de tartán desfajadas, algunas intervenidas con letras y números como parte de una colaboración con el artista pop estadounidense Ed Ruscha; blusas de pijama vaporosas en lila y amarillo citrino; y pantalones desgarrados con cadenas— que destacaban por su tono casual, evocando el uniforme del chico hollywoodense que huye de los paparazzi.
Los tocados de plumas, creados por el sombrerero Philip Treacy y recreados a partir de un diseño original para Isabella Blow, llevaban la inscripción “Dior” o eslóganes como “Buzz” y “Star”; un detalle sublime que terminó de elevar la colección. Además, los bolsos en forma de mariquita y trébol, junto con el regreso de tesoros como la Dior Saddle Bag de John Galliano, construyeron una conexión inesperada con el sueño de Anderson de formar parte de una industria que continúa inspirándolo hasta hoy.





