“En un mundo tan desequilibrado, ¿cómo se encuentra el equilibrio?”, se preguntaba Sarah Burton. Mientras los desfiles se convierten en pruebas de supervivencia y ejercicios de cuestionamiento sobre qué rayos quiere la gente vestir, la diseñadora británica se refugia en el corte y la proporción.
Tras haberse familiarizado con los códigos de Givenchy, su atención por la silueta y la forma se ha dimensionado de una manera que hace que las girlies luzcan imponentes al caminar. Notemos cómo un traje negro, conformado por un blazer ceñido con hombros estructurados y pantalones sastre rectos, era cautivador; pero más aún lo eran las esculturales chaquetas con peplum de satén y bolsillos frontales inclinados hacia adelante, combinadas con jeans de tiro alto, que resultaban empoderadoras con su aspecto romántico de los años 50.
“Quería una sensación de equilibrio y claridad”, cita Burton en las notas del desfile. “Un vestuario que aportara precisión y sencillez al vestir mientras navegamos a toda velocidad por las múltiples perspectivas y el movimiento perpetuo de nuestras vidas”.
Evidentemente, sabe que necesita darle a las mujeres algo con lo que puedan expresarse e irradiar seguridad en tiempos complicados. Y es sensato que les diseñe impecables reinterpretaciones de camisas blancas —de cuero o algodón— con mangas abullonadas, combinadas con faldas lápiz con aberturas laterales; un trench coat beige con un storm patch gigante; vestidos de un solo tirante que se curvaban sobre un top de sujetador; tank tops combinados con faldas de tejido de rejilla; y blazers y abrigos de satén con hombros angulares y solapas aplastadas con efecto trompe-l’œil.




Sin olvidar las versiones en rayas diplomáticas, con sus frentes y mangas superpuestas sobre el torso. Un nivel de abstracción sartorial que te dejaba atónito, pero también desconcertado al admirar el terrible vestido babydoll con peplum curvado, envuelto con una falda larga tubular de ¿organza? y de caída fluida.
Las construcciones de las prendas eran más voluminosas, gráficas, pero absolutamente contemporáneas. Su toque experimental hizo que sus vestidos columna de gasa plisada —más aún el azul Yves Klein— se convirtieran en obras de arte al suspenderlos sobre una estructura dorada retorcida; así como un vestido de cuencas plateadas à la Bob Mackie con flecos; y la pieza más hermosa de la colección: una extravagante bata estilo kimono de seda rosa pálido, cubierta de bordados y llevada sobre un vestido bias cut transparente en degradado rosa.
Y quizás esto hace que Burton sea la indicada para Givenchy. Lleva la sofisticación parisina de Givenchy a un terreno emocional. Entiende que la belleza de la alta costura reside también en comprender que la moda no debe perder de vista a la mujer que la luce, dotándola de confianza y sensibilidad.
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