No sé si es una despedida, pero la belleza inmaculada que forjó Anthony Vaccarello bajo los candelabros de oro suspendidos en el corazón de la Plaza del Trocadéro, irradiados bajo el esplendor de la Torre Eiffel, fue realmente magnífica e inolvidable.
Se ha rumoreado que este desfile marca el fin de una era gloriosa para Saint Laurent, aunque, tras ver al diseñador belga entregar unas llaves a su adorable hijo, Luca, lo que temíamos se hace una realidad dolorosa de aceptar.
Hasta sus notas insinuaban su partida: “Una luz brilla con más intensidad porque sabemos que no se puede retener. Lo que pasa a veces deja más luz que lo que queda”.
Tras 10 años dirigiendo la maison, su legado se convirtió en una declaración que trasciende más allá de la ropa. Fue uno de los pocos que comprendió realmente lo que el fundador de la maison, Yves, hizo y, mediante una reinterpretación deliberada y solemne, logró que sus diseños fueran sexys, glamurosos y potentes, sin necesidad de fanfarronerías abstractas. Rescato los archivos, y consiguió que volvieran a brillar.
Vaccarello no estaba para complacer, sino para atraer.




La mera puesta en escena fue brillantemente hermosa y majestuosa, ya que se inspiró en el Salón Imperial del Hotel InterContinental, donde Yves celebraba sus desfiles de alta costura. Tanto amigos como embajadores de la casa —Hailey Bieber, Zoë Kravitz, Rosé y Kate Moss— vistieron totalmente de negro como parte de la emotiva despedida, con un aire melancólico que, inevitablemente, hizo que nadie pudiera contener las lágrimas mientras Charlotte Gainsbourg entonaba el último canto del cisne. Una reminiscencia histórica que revoca a la colección final presentada por Yves en 2002, acompañado por la voz de Catherine Denueve y las supermodelos de aquel entonces.
El poder y la seducción de Saint Laurent se mezclaron con el diseño y el lenguaje del belga de una manera descomunal, volviéndola aspiracional y moderna. La colección, bañada en oro, tocada por la mano valerosa del rey Midas, irradiaba una intensidad fundente.
Saint Laurent adoraba el oro, al que llamaba un color mágico. “Me encanta; cuando refleja a una mujer, es el color del sol”, declaró alguna vez. Y Vaccarello lo trató aquí no tanto como adorno, sino como una atmósfera, bañando esta fantasía barroca.
Gabardinas, saharianas, chaquetas safari con sus icónicos hombros estructurados ochenteros, rematadas con faldas pencil, se confeccionaron en algodón metalizado craquelado, toile froissée, muselina, lamé y brocado; elevadas por diáfanos pañuelos de muselina en tonos de ámbar y coñac. Sus enormes pendientes de araña y turbantes enjoyados reforzaban una opulencia supuesta hasta el punto de hacer brillar las siluetas de la cabeza a los pies, matizadas por labios rojos y peinados impecables hacia atrás.
Era una fantasía visual sumamente arrebatadora. Sus texturas recubiertas de oro centelleaban bajo la noche, que permitió también atestiguar sus últimos vestidos de organza con lazos.
Ciertamente, es raro encontrar a un diseñador que tome una casa en una dirección singular y clara, con un fuerte punto de vista, confiando siempre en su instinto y defendiendo aquello en lo que cree.
Como dije hace tiempo, Anthony Vaccarello fue quizás el único que comprendió verdaderamente a Saint Laurent y lo convirtió en algo muy valioso.
Para leer las reviews de las colecciones masculinas de BadHombre Magazine, da click aquí.





