Apostando nuevamente por llevar la transparencia y la ligereza hacia un terreno más romántico —una idea que comenzó en julio con su línea masculina—, Jonathan Anderson quiere que la girlie Dior recupere esa sensibilidad femenina que la caracterizaba.
Presentándose en el Le Bassin Octogonal del Jardín de las Tullerías, la exuberancia parisina se mezcló con la fascinación por la naturaleza, reinventando nuevamente los archivos de la maison a través de una perspectiva orgánica. Tanto sentimentalismo es llevado a la vida cotidiana, que disfruta de la hermosura de una chaqueta de silueta recta y una minifalda cubierta de pétalos en tonos blanco y rosa empolvado —teñidos a mano—, rematados con un pendiente colgante en forma de guirnalda.Esa vibra etérea y muy artesanal, inspirada en las nueces —un guiño al wénwán, una tradición china de frotarlas entre las manos—, Anderson plasmó esta idea táctil en el New Look, suavizando sus líneas estructuradas.
“Quería dar con una vibra particular”, declaró. “Se trata de quitarle, de alguna manera, el peso de la tradición a la marca”. Así pues, una diáfana yuxtaposición se abrió paso, dejando atrás la carga excesiva que solía caracterizar las primeras colecciones de Anderson, enfocadas en una opulencia de inspiración aristocrática. Sobre los estanques atestados de niebla, la chaqueta Bar se relajó al confeccionarse con gasa semitransparente, con apliques y estampados como cuadros Príncipe de Gales, houndstooth y vichy. Su carácter sofisticado se tornó desenfadado al rematarse por debajo con livianas camisas de franela y rayas.
Había una versión amarillo pastel —y un traje falda de moños diáfanos rosas— que eran realmente muy bonitos.




A su vez, se combinaban con preciosas faldas asimétricas con peplum repleto de volantes con forma de calas, lo bastante dramáticas y serenas para que los vaqueros rectos metálicos de cuero con estampado de pitón y blazers que lucían como pijamas, con sus hombros suaves y puños blancos oversize que se asomaban por las mangas, se sintieran apropiados para su mundo feérico.Con una energía onírica, y bastante terrenal, es una fantasía exuberante para la vida cotidiana. “Los árboles, el agua, el humo… todo se funde como en una pintura de Gerhard Richter”, reflexionó.
En el floreciente jardín de Anderson, hay cabida también para el movimiento y la suntuosidad palaciega que transmitía su reinterpretación del vestido La Cigale de Dior de 1952, ahora de tirantes y líneas suaves que curvan finamente las caderas, formando un pannier hecho de tul plisado. Una encantadora maravilla vintage à la Marie Antoinette que, al emparejarse con minifaldas tutú con incrustaciones de encaje de Chantilly y blusas vaporosas con efecto arrugado, proyecta esa imagen que tanto se añora ver en Dior.
Nada severo ni rígido. Anderson ha comprendido que Dior necesita adaptarse a una visión sin restricciones que permita fluir su lado tradicional con mayor ventura, buscando soluciones fáciles y atractivas de llevar al día a día, y eso lo tiene muy en cuenta. “Se trata de cómo ella puede desenvolverse en distintos momentos del día; creo que la clave está en intentar aligerar el peso del legado de la marca”.
Y vaya que lo está aplicando con mucha generosidad.
Para leer las reviews de las colecciones masculinas de BadHombre Magazine, da click aquí.





