La sombra de Demna permanece en Balenciaga. Es complicado “liberarse” de un legado tan influyente, más cuando se trata de encontrar una nueva voz. Pierpaolo Piccioli ha tenido que lidiar con una herencia más empedrada y algo difícil de transformar, evitando confundir más a un público ansioso por el futuro de una de las maisons más veneradas de la actualidad.
Esta vez quiso mostrar otra faceta a través de la reflexión. Para transmitir el mensaje, Piccioli encargó a Sam Levinson, creador de Euphoria, la creación de una instalación de video inmersivo en el espacio del desfile. Los invitados pudieron disfrutar de adelantos de la tercera temporada de la serie de HBO, intercalados con retratos de las modelos que desfilaron por la pasarela y tomas de paisajes desde el amanecer hasta el atardecer.
“Creo que Sam Levinson ha logrado retratar a una generación desde una perspectiva muy humana, muy sensible, sin juzgar ni celebrar, simplemente observando, profundizando en cada personaje para sentir la conexión y la emoción”. Este juego de luz y oscuridad afina la búsqueda de Piccioli por encontrar alegría y compasión en medio de la desgracia.




Una premisa ambiciosa que busca capturar emoción en la ropa. Aunque claro, este marco intelectual deja muchas preguntas sobre cómo podría traducirse en una generación algo cansada de la intelectualidad banal. Sin embargo, la provocación no intentó opacar el humanismo. Puede que haya sido un espectáculo, aunque nada insensible con el culto a Balenciaga. “Quería crear un fresco de la humanidad: un retrato de este momento y de esta generación”, remarcó.
Fue increíble como logró mezclar y reverenciar tanto el lenguaje escultórico de Cristobal con la jovialidad fachera de Demna, consiguiendo afinar este último. Su intención es clara:no olvidar el trabajo del diseñador georgiano, pero también dialogar con una clientela ansiosa por permanecer fiel a una marca.




Enfatizando el volumen de la alta costura con piezas con urbanidad, encontramos la perversidad de bombers de cuero rematadas con faldas con cremallera; peacoats alargados con cuellos alzados combinados con leggins; gabardinas esculturales de hombros curvados; abrigos militares bondage con hoodie––mención honorífica a uno quirúrgico en púrpura con hebillas––; y la excentricidad de los suéteres negros oversize con estampados de imágenes de Euphoria.
Con un elenco de modelos que representan diversas procedencias y edades, tal grandeza era un retrato juvenil que contrastaba con los numerosos vestidos de drapeados en jersey de seda o terciopelo, con escotes y cut outs que revelaban piel de una manera poderosa. El movimiento natural del cuerpo en aquellas siluetas oscilaba control y fluidez, reluciendo en sus versiones con lentejuelas. “Metafóricamente, la oscuridad y la luz se exploran como elementos definitorios de la condición humana, creando retratos de personas evocados a través de la tela”.
Puede que el color —rosa, azul cobalto, verde ácido— haya reforzado la metáfora, aunque la búsqueda de Piccioli por relevancia se vuelve cada vez más significativa.





