La constante lucha por mantenerse relevante ha predispuesto a Dolce & Gabbana a reimaginar su extenso legado de más de 40 años. Orgullosos de su identidad–– misma que consideran como un “lujo supremo”–– ha sido revisada y perfeccionada con una carga erótica.
Madonna, quien fue la invitada de honor de la temporada y la actual rostro de la fragancia The One, su presencia reforzó la idea central de Domenico Dolce y Stefano Gabbana: mantenerse fieles a sí mismos. “No es nostalgia, es un lenguaje construido sobre raíces que aún siguen vivas”, sintetizaron al definir su pasión por Italia, el negro, el encaje y la sastrería.




Ese sentido de pertenencia se intensificó con un instinto sexual latente y una confección pragmática inherente a la casa. Aunque la mayoría de los looks fueron negros, resultaba admirable la destreza y espontaneidad con la que destellaba esa austeridad siciliana. El preludio fue dramático: abrigos y gabardinas cruzadas con silueta de reloj de arena, solapas puntiagudas que reinventaban el cuello hasta convertirlo en escote, todo con una teatralidad controlada.
Pero la verdadera obsesión estilística —la que encendió el candor y la lujuria del recinto— fue el uso magistral del encaje. En capas etéreas de organza de seda, aparecía en mini vestidos con bralettes, trajes con faldas a media pierna y versiones difuminadas con estampados florales que cubrían la delicada lencería.




La disciplina ceremonial se expandió con una serie de trajes negros de bambino del cine italiano de los años 50, impregnados con rayas diplomáticas blancas. Tal impecabilidad autoritaria era severa y casi eclesiástica con blazers fuertemente ceñidos, hombros marcados y cuellos que imponían con su formalidad casi andrógina.
Una tensión definida por una fragilidad que la rompe con un power tailoring consciente.





