Gucci ha revivido. El tan ansiado primer fashion show de Demna para la casa italiana se convirtió en una sensación mediática que no pudo ser contenida dentro del oscuro Palazzo delle Scintille. Réplicas de estatuas del Museo Uffizi de Florencia––donde Guccio Gucci fundó la marca en 1921––atestiguaron el despertar de un titán.
Tras un año de espera, el diseñador georgiano planea devolverle a la marca su relevancia cultural a través de la emoción con emociones. “Gucci es drama, pasión, exceso, contradicción, amor y odio, triunfo y fracaso, orgullo y vulnerabilidad, perseverancia, caos, genialidad”. Es así como Demna imagina a esta nueva era: clásica, y al mismo tiempo, radical.
Y eso fue lo que hizo.



Su intención de tratar a la marca como un ser humano estableció un nuevo vocabulario que dialoga con la esencia de la casa. La monumentalidad del decorado erigido quiso avivar ese poder que Gucci destella. Demna, a quien podría considerarse como “ese” artista renacentista, abre este capítulo con energía imparable y una visión pragmática, despojada de justificaciones pseudointelectuales.
La colección insinuó una prioridad consciente por la silueta, envolviendola con básicos que le dan un toque sensual a esa picardía refinada que emanan sus prendas. Devoto de la sensualidad inmaculada de Tom Ford, su propuesta era claramente una glorificación estilística de ese legado. Ese pasado inolvidable––que tanto ha sostenido a Gucci–– se manifestó en un mini vestido bodycon sin costuras, confeccionado en una tela blanca de medias.




Aferrado a una belleza de precisión quirúrgica, el diseñador cinceló el cuerpo con el retorno del estilo metrosexual dosmilero: tank tops y polos hiperajustadas que marcaban los abdominales con fulgor, combinadas con pantalones skinny de tiro alto; a veces intercalados por chaquetas de motociclista encogidas.
Esa corriente que reivindica la faceta más sexy de Gucci se tornó más casual, potenció el terreno para nueva clientela que busca elegancia fachera con guiños deportivos: leggings con cinturones, rematados con bombers con piel de oveja con intarsia y tacones ultra puntiagudos con hebilla; trajes negros fluidos de brillo lustroso (ideales para las red carpets que ansian ver lujuria envuelta en formalidad); camisetas fluidas sostenidas en un drapeado griego que dejaba ver parte del abdomen; bustier peludos; y vestidos con estampados florales metálicos, con un aire fitness, ceñidos con elástico en la cintura.



Aunque la sastrería definió el carácter de los looks, también evocó una imagen deliberada que equilibraba herencia y proporción. Sin embargo, el vestido plateado de lentejuelas que lució Emily Ratajkowski y la aparición de Kate Moss con un vestido negro ajustado que dejaba al descubierto no solo el trasero marcado, sino uno de los símbolos más icónicos de Gucci —la tanga con la GG de 10 quilates—, consolidaron una frenética lascivia que invoca una vida nocturna sin límites y un dominio absoluto de la nostalgia.









