Puede que Mark Zuckerberg haya robado la atención al llegar al desfile de Prada, aunque fue Bella Hadid que dejó a internet paranoico al modelar 4 looks distintos en menos de 20 minutos. En su debut para la casa, la top model formó parte de una narrativa que genuinamente se preocupa de las decisiones reales que las girlies toman a diario frente a sus closets.
Cada vez más, Miuccia y Raf buscan descifrar las complejidades de la vida. El mundo se desmorona, y ese impulso de volver al pasado nos ha empujado a convivir en una realidad llena de espejismos discordantes que influyen en nuestra conciencia. La moda refleja ese limbo existencial––o ese desastre de la modernidad––con una imaginativa que embellece lo caótico.




La colección también estaba ingeniosamente desordenada. En un principio, no entendías la jerarquía de las prendas y la rápida continuidad de los looks portados por apenas 15 modelos. Sin embargo, Prada y Simons explicaron que este revoltijo era intencional. Querían demostrar el impacto del layering; esa necesidad de cambio que surge a la hora de vestirse.
Así pues, el juego de capas irrumpicon abrigos tubulares de hombros curvados, ornamentos de bordes rasgados, pedrería deshilachada y grandes manchas de café; chaquetas de lana y nylon; y un traje sastre negro. A ese ritmo, las modelos volvieron con un nuevo atuendo que revelaba otra capa: outwear relajado, combinado con rasgadas faldas acampanadas de satén que mostraban una tela más delicada por debajo; un anorak rojo con un ribete peludo; un abrigo negro transparente de muselina; y un vestido rosa chicle de hombros caídos.




La inconsistencia era confusa, pero sensacional.
En la tercera vuelta, se repetía el patrón: camisas arrugadas con puños franceses colgantes y faldas pencil de tul con incrustaciones florales en los dobladillos y bordes deshilachados. Sin embargo, aparecía una variación que equilibraba tensión estética y fragilidad artística: dos vestidos negros erosionados que revelaban crudamente un estampado floral.
Aquí no hay intención de perfección ni complacencia. Es una pureza antiglamosa que se manifiesta en la última oleada de túnicas y faldas de organza translúcida, evidenciando superposición y desgaste. La versión final simplificó el cuarteto de looks repetidos que irónicamente combinaban las mismas piezas a lo largo de 60 looks. Una exploración audaz de las múltiples facetas de la identidad femenina. Un nuevo enfoque en la decoración, rematado con calcetines florales encantadores y botas adornadas con lazos.





