En algún momento, uno vuelve a sus orígenes en busca de respuestas. Viviendo entre la incertidumbre y la duda que nublan el futuro, Gucci insiste en seguir adelante al retornar a Florencia, lugar donde vio nacer su grandeza hace 70 años, en el gran Palazzo Settimanni.




Ha sido bastante catastrófico su descenso; la inestabilidad financiera y creativa los ha devuelto a una terrífica era de perdición y vaivén. La gallina de los huevos de oro de Kering se ha quedado infértil … pero no por mucho tiempo. Mientras el equipo interior de diseño se esfuerza por lograr revivir la vieja gloria kitsch y sartorial con una obstinada introspección, resulta admirable su floreciente inventiva. Pese a que siguen luchando por encontrar una identidad, se encaminan por una juguetona línea comercial. No es la clase de ostentosa y shockeante teatralidad, pero sí es grata su cadente nostalgia .



La infinidad de lívidas blusas ‘80s de ricachona, con extravagantes hombreras mutton sujetas a pantalones cigarette de antaño, son piezas que exponen esa nostalgia provisional que tanto se recurre para satisfacer la demanda. Al igual sus intrigantes y seductores colores, tal glamour retro era otro viaje al pasado. Era una mezcla decadente y rimbombante de todas las estéticas que han definido a Gucci.




Cada fase era palpable como la erótica ‘90s de Tom Ford unida al descomunal y exuberante maximalismo andrógino de Michele, expresada en sus frondosos abrigos emplumados combinados con vestidos transparentes de encaje o cargados de pedrería, dirigiéndonos a la ajustada formalidad de cuero impuesta por Sabato — perversamente demure.



Tal lindo expansivo y regordete outwear, fue un oportuno chance de revitalizar el archivo. Demostrar su potencial e integrarlo al presente, aunque con la llegada de Demna al mando, sus códigos y actitud se están manifestando, liosamente.




Resto de los looks:




























