Matthieu Blazy está finalmente desplegando sus alas.
Literalmente, en el Grand Palais deambulaba una parvada de gaviotas suspendidas en el aire: el símbolo más puro de la libertad, admirando una de las colecciones más terrenales y poéticas de la historia de Chanel.
Tras un año en la dirección creativa, Blazy surca los cielos sin ataduras, cruzando los límites trazados por la moda —bueno, por la maison—. El desfile representaba un diálogo entre las múltiples facetas del estilo de Mademoiselle Coco, desplegadas en un abanico de posibilidades.
“Desde que empecé a trabajar en Chanel, hemos intentado, junto con el equipo y el taller, ampliar la idea de la mujer, sino para todas aquellas que podrían entrar o pertenecer a este mundo”, declaró. Así pues, las girlies han podido vislumbrar una evolución bastante audaz y radical que, de alguna forma, conserva la esencia y actitud de Chanel.
Blazy estructuró sus diseños en torno a vestigios de distintas vidas y épocas. Iluminado por un suelo que parecía arena mojada y resplandecía bajo el sol, el decorado resultó ideal para que la belleza etérea de un vestido parachute, con brillantes estampados de constelaciones, así como otro con corsé azul deslavado sujeto por una exuberante falda de tutú, cobraran vida.
Sin embargo, ha sido toda una presión estar atado a un legado, aunque para el diseñador parece ser casi un regocijo mezclarlo con su filosofía y hacer prendas con alma.




Abordando más a fondo las diferentes etapas de Chanel, tenemos una verdadera revolución. Pese a que también ha lidiado con hacer del tweed un material innovador y que represente jovialidad, Blazy desarrolló uno elástico, de organza y seda, que se sintiera deportivo. Comprometido con la modernización, recalibró las máquinas de confección para que los bordados pudieran integrarse directamente en el proceso de tejido, algo evidente en los últimos looks, conformados por exquisitos tops alargados y faldas pencil en tonos azul celeste, rojo carmesí y amarillo.
También los excesos y la ornamentación de los cuentos de hadas tuvieron cabida, con los usuales trajes atestados de pequeños bordados florales en chaquetas oversize de hombros pagoda y faldas de corte bajo transparentes, acompañadas de una plétora de siluetas ajustadas y ramilletes que adornaban los bralettes.
Prosiguió con la sastrería entallada, con un esmoquin desenfadado rematado con una camisa Charvet desabotonada, así como un traje gris con botones dorados en forma de cartas de póker. A su vez, las chaquetas de hombros redondeados con bordes emplumados que eran genialmente encogidas, mientras que las faldas plisadas se volvían minis y otras llegaban hasta la rodilla con un aspecto militar, rematadas con cinturones de hebillas gigantes. Todas combinadas con el mismísimo bolso 2.55, sacado de los archivos de Patrimoine.
Eso sí, el legado de Chanel prevalece con los vestidos flapper de satén, con incrustaciones y atestados de collares de perlas, demostrando por qué Blazy encaja tan bien en la maison hoy en día: por su originalidad y contemporaneidad tan encantadoras como inesperadas.
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