Se ha vuelto demasiado arduo —incluso para este redactor— sobrevivir en una economía que nos imposibilita seguir adelante. De por sí, ya es difícil tener un empleo y poder cubrir los gastos; peor aún, abstenerse de comprar ropa con precios exageradamente inflados. Aunque es curioso que haya un incremento en las ventas de zapatos.
Varios periodistas y creadores de moda han percibido que las casas de lujo están apostando por darle mayor protagonismo al calzado. En la temporada Spring 2027, vimos propuestas más extravagantes, con un tono más surrealista e incluso nostálgico, gracias a las reediciones de modelos vintage que ahora cuestan una fortuna en eBay.
No es casualidad que las girlies prefieran comprar un par de tacones antes que un vestido en una boutique. En tiempos de incertidumbre, priorizamos comprar artículos que sean especiales, únicos y que perduren años en el clóset.
¡Que valgan la pena!




Sabemos también que los accesorios son pilares fundamentales de las marcas. Nótese cómo diseños singulares y excéntricos opacaban el prêt-à-porter en desfiles como los de McQueen, con sus zapatos de armadura de caballero medieval; los stilettos con cremallera de Givenchy; las botas esculturales incrustadas con diamantes de Rick Owens; los tacones dorados que emulan serpientes metálicas con delicadas cadenas de Saint Laurent; las sandalias decoradas con los palos de la baraja francesa de Chanel; y los modelos con tacón de mariposa de Thom Browne.
Pareciera que la ropa estaba allí para vender los zapatos como auténticas piezas de joyería.
Tal opulencia es «asequible» y deseable, ya que dar rienda suelta a la imaginación genera emociones positivas en quien los lleva. Sobre todo, ayuda a las firmas a recuperar su valor aspiracional, que se ha perdido a causa de la desaceleración del lujo. Es aquí donde entra en juego su virtuosismo artesanal, que demuestra de lo que son capaces de hacer.
Un buen zapato añade carácter: ese punch que se necesita cuando la austeridad es la que dicta el presente.





